El acoso no empieza en el cole ni en el interior de los niños: habría que plantearse qué debe cambiar en la sociedad en la que crecen esos niños.
A las 11 suena el timbre y los niños salen al recreo.
Eva recorre el patio con la esperanza de, hoy sí, jugar con alguien. Tras varios «¡cuatro ojos!», «¡gafotas!» proferidos entre carcajadas por sus compañeros, marcha al rincón entre la fachada y la valla. Los observa de lejos. Alguno pasa a su lado y se burla. Al menos hoy nadie la ha golpeado.
A sus 10 años no comprende por qué ella no vale.
No se plantea hablar con sus profesores. Lo ha intentado una infinidad de veces, pero en una recién estrenada década de los 90′ el acoso
escolar no ha sido aún bautizado.
De repente, ve acercarse a una mujer a la que no conoce. Camina erguida y segura hacia ella. Pese a saber que no puede fiarse de extraños, una chispa de alegría se enciende en el interior de su pecho.
—Pequeña —le dice cuando llega—, soy Eva, estoy aquí para ayudarte. No te abandonaré.
La niña sonríe y ambas se funden en un emotivo abrazo.
—Eva, puedes abrir los ojos.
Ella obedece aliviada.
Tras comentar la sesión y despedirse, la mujer de 32 años acude a pagar y lee mientras espera el titular del diario que reposa sobre la mesa: «Una tercera parte de víctimas de bullying desarrolla trastorno de estrés postraumático».
NOTA: Los centros educativos no somos los responsables del acoso escolar: los docentes no estamos en la calle, ni en las redes, ni en todos los lugares por los que se mueven nuestros alumnos.
Los niños no nacen con una idea concebida de qué es lo normal, lo bonito, lo correcto…, pero cuando comentamos que la vecina se ha puesto muy gorda o que el hijo de fulanito ha salido del armario delante de esos niños que parece que no escuchan o no se enteran, les estamos transfiriendo ciertos conceptos.
Cuando dejamos solos a los niños delante de un mundo virtual, los estamos somitiendo a la dictadura de una sociedad en la que, quien no cumple con los estereotipos, está condenado. Y, además, se interiorizarán como verdades absolutas.

Como padres todos intentamos hacer lo mejor que podemos y nos equivocaremos mil veces sin querer, pero el acoso no empieza en el cole ni en el interior de los niños: habría que plantearse qué debe cambiar en la sociedad en la que crecen esos niños.
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