Aquí viene lo extremo de esta incapacidad: no me identifico a mí misma en una foto si no recuerdo la ropa con la que voy vestida.
Hoy, en plenas vacaciones de verano y poco antes de llevar a mi hijo a la feria de Guareña, escribo este artículo porque, después de alguna que otra experiencia, me lo pide el cuerpo.
Como algunos de mis conocidos y lectores sabéis, hace seis años sufrí una meningoencefalitis herpética, una enfermedad cerebral que derivó en una auténtica Odisea de la que salí bastante bien parada. Sin embargo, me quedó una secuela crónica: prosopagnosia o ceguera facial.
La palabra agnosia procede del griego “gnosis” (conocimiento), precedida del prefijo negador “a-“. Se trata, por tanto, de la incapacidad para reconocer ciertas sensaciones o estímulos, a pesar de que los sentidos (la vista, el tacto o el oído) funcionen perfectamente.
Por su parte, prósōpon es el término griego que se ha traducido como rostro o cara. De este modo, se puede definir la prosopagnosia como la incapacidad de reconocer o identificar rostros. Esta afección suele deberse a algún tipo de lesión en el lóbulo temporal, generalmente en el hemisferio derecho.
Y, concedidas estas premisas teóricas, paso a explicar desde mi experiencia cómo funciona esta enfermedad:
Yo paso mi vida entre dos localidades pequeñas: Guareña, el pueblo pacense en el que nací y viví hasta que marché para estudiar y trabajar y en el que ahora disfruto de las vacaciones, y Polinyà, pueblo de la provincia de Barcelona en el que resido y trabajo como profesora.
A nivel personal, siempre he sido muy sociable y, por tanto, me encuentro a diario con personas a las que saludo, sonrío y hasta concedo un ratito de conversación. La mayor parte de las veces no sé quiénes son y trato de descubrirlo a través de preguntas genéricas, recurso que le debo al grandísimo Gabriel García Márquez, quien lo usó cuando comenzó su proceso de Alzheimer para deducir quiénes eran aquellos a los que no recordaba. Se trata de cuestiones del tipo “¿Cómo estáis?”, esperando que en la respuesta se incluya el nombre de algún familiar con quien pueda relacionar al sujeto no identificado. Normalmente camino sonriendo con la finalidad de despertar el saludo en quien me conozca y comenzar así el proceso.

Sin embargo, mi técnica no siempre funciona: Hace unos meses en el Condis, un supermercado de Polinyà, me topé con una señora a la que sonreí. Ella me reprochó que no solía saludarla en la calle pese a cruzármela cada lunes por la tarde por el pasillo del instituto. Se trataba de la limpiadora, que creía que me desentendía de ella por una cuestión de clasismo, cuando yo siempre he considerado compañero en igual rango tanto a personal docente como a conserjes, camareros, limpiadores, etc.
La mayoría de mis conocidos saben ya lo que ocurre y algunos, incluso, se identifican mediante algún gesto pactado que les agradezco más que cualquier regalo. No obstante, se trata de un concepto complicado. Hoy mismo me he encontrado con una señora que, pese a conocer el problema, no comprendía cómo era posible que no la reconociera pese a haber pasado un rato ayer juntas en la piscina. Aquí viene lo extremo de esta incapacidad: no me identifico a mí misma en una foto si no recuerdo la ropa con la que voy vestida.
En lo que respecta a mi vida laboral, siempre he sido muy reacia a que mis alumnos, adolescentes en los que intuía tendencia a la burla, conociesen mi problema. Me servía de la ubicación en el aula o de algún lunar o elemento característico para intentar localizarlos. Sin embargo, todo esto me ocasionaba un estrés al que el excelente psicólogo de mi instituto encontró solución planteándome la forma de trabajarlo con ellos. Ahora mismo todos son sabedores de mis limitaciones y la mayoría me ayuda siempre que puede.
Para terminar, quiero dejar claro que, a medida que mi cerebro se acostumbra a su nueva situación, desarrolla otras capacidades que me facilitan un poco la vida. Dejo para ilustrarlo la siguiente cita de La imagen del laberinto:
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