Mis raíces no las marca una tela pintada de colores con escudos o estrellas. Sí las representa una aspiración de la -s final, un buen ratito ‘hondeá’ en el sofá o el ‘bollo’ que me hice el otro día.
Hace tiempo que no escribo nada: resulta que las actividades cotidianas de una mamá profesora a principios de curso -sí, será principios de curso hasta que hacia mayo o así me haya adaptado- son un tanto acaparadoras.
Pero no es hoy mi intención opinar sobre conciliación ni sobre educación -ambos temas me dan, más que para un artículo, para un libro-. Lo que me ha motivado a cohesionar unas palabritas es hablar sobre lenguas, dialectos y lo que a cada uno le dé la gana soltar por la boca.
Como muchos sabéis soy profesora de Lengua castellana y literatura, extremeña y residente en Cataluña. Por tanto, soy una gran amante de la lengua castellana, la cual hablo con la fonética y el léxico propios de la variedad dialectal en la que me he comunicado toda mi vida y que no pienso perder. Y, por supuesto, también hablo catalán, lengua que me siento orgullosa de haber incorporado a mis conocimientos. De hecho, casi diez años después de haberme mudado, aún me resulta mágico sentarme a tomar algo en una mesa de conversación multilingüe.
Pues hace unos días encontré una noticia en la página de Facebook de El periódico Extremadura sobre influencers que difunden con orgullo el extremeño. Me fascinó el tema y me atreví a comentar una anécdota sobre mis clases de Lengua castellana en Cataluña impartidas en «perfecto extremeño» -me refería al dialecto, no a la lengua- y me atreví a escribir una transcripción de una frase que había pronunciado -usé más o menos las mismas formas que en La imagen del laberinto-. Al margen de las respuestas sobre la inexistencia del castellano por aquí y demás -ya me veis, pidiendo en la calle por no poder ejercer-, me llegó a preguntar uno de esos seres que se mueven por las redes y se arman de la valentía necesaria para atacar a quien no conocen de nada si yo era de verdad profesora y cerró el comentario con un «aprende a escribir».
Resulta que hoy leo que el «señor» Pérez Reverte, cuyos libros devorava en la adolescencia, antes de tener un conocimiento profundo sobre literatura y sobre su persona, ha escrito en X «Esto se ha ido al carajo» -lo mismo que pensé yo con su entrada en la RAE- refiriéndose a un curso de extremeñu impartido por la Universidad de Extremadura. He curioseado el tuit -o como se llame ahora- y he comprobado la total escasez de argumentos en sus respuestas a quienes han criticado su publicación. Me ha llamado mucho la atención una de ellas: el castellano como lengua más atacada que nunca. Supongo que se refiere al impacto provocado por esas lenguas cooficiales que acaban de nacer y que provocarán que muera la estatal.
Comparto esa sensación de peligro en lo que respecta a mi lengua materna, pero no por el ataque por parte de las lenguas cooficiales, sino por parte de la extrema globalización que provoca que una escuche por los pasillos de un instituto un «Oh, my god!», que el apelativo «tío» se haya transformado en «brother» o su apócope «bro» y el uso de cualquier asombro o insulto compuesto por «fuking» más lo que surja.
He aquí el histórico problema, la polémica: politizar una cuestión tan sumamente natural e idiosincrásica como la forma de comunicarse de una persona, esa que marcó cómo se comunicaron con ella sus padres o, quizá, cómo le emitió un «te quiero» su primer amor.

Me siento orgullosísima de esa declaración del extremeñu como lengua y del esfuerzo por la conservación y divulgación por parte de algunos colectivos. Me encanta llevar a mi hijo al parque y que, en medio de una conversación, alguien me pregunte qué significa una palabra porque es nuestra, heredada de esos a los que debemos tantísimo de lo que somos.
Termino dejando claro que mis raíces no las marca una tela pintada de colores, ya sean verde, blanco, negro, rojo o amarillo en cualquier posición, con escudos, estrellas o águilas. Sí las representa una aspiración de la -s final, un buen ratito hondeá -léase aspirando la h- en en sofá, el bollo que me hice el otro día al chocarme con la puerta por correr detrás de mi hijo… Tampoco me emociono con ningún himno, pero sí cuando escucho La nacencia, poema de mi paisano Luis Chamizo, recitada en perfecto -sí, perfecto- extremeñu.
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