Un alumno que acabe la ESO no conocerá la historia de ese país que tanto defiende. O, lo que es peor, la conocerá a partir de los vídeos de algún tiktoker que alabará como hacíamos con las historietas de la catequesis.
Llevamos nueve días de manifestaciones en Madrid contra la amnistía a Puigdemont y la venta, fin, aniquilación, golpe de estado, etc. del PSOE de Pedro Sánchez.
Antes de nada quiero dejar claro que no soy ni socialista ni independentista. De hecho, no apoyo ningún tipo de nacionalismo porque considero que la concepción de la tierra como propiedad, de «mi tierra», «mi bandera», «mi patria»… quedó desfasada allá por la Edad Media. Por tanto, tampoco entiendo ese nacionalismo de «vienen los de fuera a quitarnos lo nuestro». Es más, el conflicto bélico de actualidad, ese que se abordó en mi clase cuando yo era una alumna y he estado trabajando estos días como profesora y que está dejando tantísimos civiles muertos en el camino -sí, siempre civiles-, tiene su origen justo en esa concepción de la tierra como un derecho.
No dejo de ver estos días a los manifestantes contra «los golpistas» reclamar un levantamiento -sin ir más lejos, hoy la «señora» Ayuso ha manifestado que habrá un «golpe por golpe»- y ensalzar la figura del mayor golpista y terrorista de estado de la historia de nuestro país. Y no, no hay ninguna ley que lo prohíba, por absurdo que suponga. Además, y de ahí el título del artículo, veo mucha gente joven entre esos manifestantes. Y no me sorprende: paso el día con adolescentes y una escucha de todo. Y aquí está el quid de la cuestión: según empeora la calidad de la educación, aumenta cierto tipo de ideologías. Por eso, «puto salvar España» era lo que hacíamos muchísimos profesores en 2012 cuando perdíamos nuestro salario por sumarnos a esas huelgas que un sinWertguenza denominó «fiestas de cumpleaños». Sería que nos faltaba usar la violencia para estar a su nivel.
Y en relación a esa protección de la educación que no fue posible, este año enseño la materia de Literatura castellana en bachillerato. Me he visto explicando el contexto histórico del Renacimiento y el Barroco a un nivel más profundo del que acostumbro cuando abordo movimientos literarios: no tenían ningún conocimiento sobre esas épocas. Por supuesto, nada que reprochar a mis excelentes compañeras de Sociales, pero le pregunto a una de ellas y llega mi sorpresa: ha sido eliminado del currículum el estudio de esos períodos. Hoy me he acordado de la conversación y he buscado los saberes -nombre con el que denominamos ahora a los contenidos- de Ciencias sociales y, voilà: el estudio de la historia entre 1º y 4º de ESO es súper nimio y se limita a etapas muy recientes. Y me planteo yo: si no saben lo que era el Antiguo Régimen, ¿cómo van a entender la importancia de la libertad, igualdad y fraternidad? Es más, la historia de España no se aborda en sí hasta 2º de bachillerato, con lo cual se entiende que un alumno «competencial», como tanto gusta remarcar en los planes de estudio, que acabe la ESO y estudie un Ciclo Formativo no conocerá la historia de ese país que tanto defiende orientado por un profesional en la materia. O lo que es peor, la conocerá a partir de los vídeos de algún tiktoker , que verá, compartirá y hasta alabará como hacíamos con las historietas de Dios en los años de la catequesis.
Todo esto por no hablar de la materia de Filosofía, que aparece y desaparece como el Guadiana según el partido que gobierne. Claro, no vaya a ser que los de la caverna descubran que hay vida más allá de su encierro.
Y, por último, la parte que más me duele: la literatura. La implantación de la ESO supuso que desapareciese como materia autónoma y pasase a formar parte del inabarcable plan de estudios de la materia de Lengua, lo que la relegó al «si da tiempo». La llegada a las aulas de los nativos digitales, a los que les cuesta producir discursos coherentes y mucho más entenderlos, sumada a la proliferación de leyes educativas que imponen huir de leer a los clásicos para no ocasionar repulsión hacia la lectura, han dejado el estudio profundo de la materia limitado a quien la escoja como opción en bachillerato. Y, como siempre defiendo: la historia y los medios nos ofrecen una narración en 3º persona de los sucesos; pero en la voz del poeta vemos lo que siente quien los vive, leyendo a Miguel Hernández sentimos la desolación de un hombre joven encarcelado por sus ideas políticas que ha disfrutado pocos meses de ese hijo que pasa hambre.
Volviendo para cerrar al «puto defender España», tampoco aparece ya en el currículum el análisis sintáctico como tal, sino «la reflexión sobre la lengua», pero ningún ente capaz de reflexionar sobre la lengua castellana que tanto defienden aceptaría esa agramaticalísima traducción literal del inglés tan de moda hoy como llamar «bebé» a la pareja.
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