No puedo evitar sorprenderme cuando escucho algún comentario de esos ‘sin mala intención’, pero que pueden resultar ofensivos para personas con alguna discapacidad.
Sé que llego un poco tarde, pero la vida de una mamá profesora en el mes de diciembre deja poco hueco libre. Escribo este artículo con motivo del día internacional de las personas con discapacidad -colectivo al que, como muchos sabéis, pertenezco-. El pasado año disfruté de una preciosa jornada: charlas por los institutos de Guareña con Adiscagua y gala por la noche para celebrarlo. Creo que conseguimos dar algo de visibilidad con nuestra intervención, pero también yo abrí los ojos: soy consciente de mis propias dificultades, pero aquel día conocí las de otros.

Desde entonces no puedo evitar sorprenderme cuando bajo una rampa peligrosa para alguien que vaya en silla de ruedas o con muletas o cuando escucho algún comentario de esos «sin mala intención», pero que pueden resultar ofensivos para personas con alguna discapacidad.
Hace un mes o así leí en el grupo de Facebook de un sindicato de profesores uno de esos hechos que me llaman la atención: se quejaba una madre -a veces los profesores también somos padres- de que a su hijo con Trastorno del Espectro Autista lo dejaban apartado en la acogida matinal y, cuando había ido a reclamarlo, las cuidadoras le respondían que no podían hacer nada. Sé que algunos de mis alumnos también lo pasaron mal por el mismo motivo en la hora del recreo y en los cumpleaños sin asistentes. ¿No tenemos un grave problema social?
Hace unos días, vi con mi hijo de casi ocho años la película Rompe Ralph. (spoiler) Vanellope, personaje de un videojuego de carreras, tiene un error de programación y no la dejan competir para que no acarree problemas al juego. Por tanto, es apartada y pasa una vida en la que no puede cumplir la función para la que ha sido creada con el objetivo de no incomodar a su sociedad. Pero resulta que, cuando Vanellope cruce la meta, el juego se reiniciará y ya no habrá problemas dentro. Terminamos de ver la película y me senté a comentarla con mi Manuel, muy consciente de que, a veces, tiene que ayudar a mami a reconocer gente. Le expliqué que también hay niños con problemas como el de la protagonista y que, en lugar de dificultarles la llegada a la meta, los debemos ayudar para poder también reiniciar nuestro juego.
Creo que la cuidadora tiene razón: puede hacer poco. El verdadero trabajo para que ese niño no esté apartado en la acogida o en el patio debemos hacerlo las familias, integrando y enseñando a integrar, despejando caminos hacia la meta.
Este año no he pasado el día con Adiscagua, aunque los he seguido en la distancia, pero fue precioso el encuentro con una de mis musas, también del colectivo, revisando la primera intervención del personaje basado en ella que será una de las protagonistas de mi nuevo proyecto. Hay que anular estereotipos y llegar de la mano a la meta.
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