De tales palos, tales astillas

Lo que abunda por las aulas es el fruto de la sociedad que hemos edificado. Vivimos en la era del odio, el fenómeno hater, tanto a gran escala como en pequeños ámbitos.

El pasado jueves, cuando volví del trabajo, seguí una de esas rutinas que demuestran que me voy haciendo mayor: encendí la televisión para escuchar los informativos mientras me preparaba la comida. Me llamó la atención enseguida la noticia que ha sido después objeto de conversación entre profesores y padres: cuatro alumnos de un instituto de Santander habían agredido y grabado a otro con parálisis cerebral.  Me pilla en un momento laboral complicado justo en este sentido y me acabo echando a llorar.

Pienso entonces en algo que llevo mucho tiempo defendiendo: lo que abunda por las aulas es el fruto de la sociedad que hemos edificado. Vivimos en la era del odio, el fenomeno hater, tanto a gran escala como en pequeños ámbitos.

Así, está una harta de leer en grupos locales de unas y otras redes sociales la crítica contra el personal de centros de salud, con insultos graves incluidos, como respuesta a frustraciones por un sistema del que también es víctima el trabajador; juicios a profesores, incluyendo sus nombres, por los contenidos, metodologías, calificaciones o castigos aplicados e, incluso, reclamo a algún pequeño comercio por anunciar un cambio de horario. Por no hablar de las amenazas con reseñas negativas en Google al camarero de algún bar.

Siempre que observo esos comportamientos en redes y establecimientos públicos, entiendo el tipo de sociedad que me encuentro en el aula. Los niños, esos a los que tenemos que hacer tan felices dentro del sistema educativo, evitando que memoricen y trabajen, crecen como testigos de ese odio por parte de sus mayores en el ámbito público y escuchando en el privado como critican lo gorda que se ha puesto la vecina del quinto o que el hijo de esa que es tan creída «tiene algo» diga ella lo que diga…

Y en su tiempo libre, llega el abandono ante una pantallas, sin ningún tipo de control de los contenidos a los que acceden, para que comprueben que no son solo sus padres: que el odio al diferente está genial porque hay un influencer de moda que insulta usando el concepto «autista».

La imagen actual no tiene texto alternativo. El nombre del archivo es: pexels-photo-1092644.jpeg

Ahora vamos los centros educativos e iniciamos una campaña: «Mira niño, todo eso que ves está mal: en realidad solo en el colegio tenemos razón y el odio es un sentimiento muy feo». Ellos se tragan los materiales y completan las actividades por imposición y hasta nos parece que ha surtido efecto, pero resetean el contenido en cuanto suena el tiembre y se van para casa criticando con su grupo de amigos la sudadera de una marca no conocida que lleva puesta el compañero con el que acaban de cruzarse.

Y ya si hablamos de las consecuencias, tenemos el modelo perfecto para el que quiere infringir la ley: unos días de expulsión y vuelta a clase con el agredido. No son tontos: saben que no sufrirán castigos graves.- Conozco varios casos de niños que han sufrido bullying y han se han visto obligados a cambiar ellos de colegio para librarse del agresor.

Soy consciente de que el tema es mucho más complejo, pero esta es mi visión desde hace tiempo: contra el acoso, educación y consecuencias.


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