Paradójicamente, vaciaron las aulas muchos de los que prohíben a sus novias salir con amigas y muchas de las que lo consideran una demostración de amor.
Estaba volcada en la renovación de la web y en mi nuevo proyecto, pero un 8 de marzo en los tiempos que corren, no puedo quedarme callada.
Normalmente trato de celebrar este día en el aula, con mi uniforme violeta y mi emisión de «Compañeras» de Marwan -los que llevan cuatro cursos en mi clase se lo deben de saber de memoria, como las albarcas de Miguel Hernández que leemos después de Reyes-. Este año he pasado un domingo en familia, pero el viernes, pese a ser día seis, se celebró el día de la mujer.
Para empezar, ya estaba avisada de que había una huelga convocada por el sindicato de estudiantes. Paradójicamente, vaciaron las aulas muchos de los que prohíben a sus novias salir con amigas y muchas de las que lo consideran una demostración de amor. Así que, a estas alturas de trimestre, me vi obligada a reestructurar mi programación y, por considerarlo un contenido más fácil de seguir de forma autónoma, decidí dedicar las sesiones de ese día a la lectura prescriptiva que estamos trabajando: La casa de Bernarda Alba. En los tres grupos nos correspondía la escena que da fin al segundo acto, en la que la represión a la que se ven sometidas las hermanas las enfrenta (como tanto ha ocurrido y ocurre entre mujeres reales cuando alguna no sigue la línea marcada). Ahí también se produce la antítesis entre Poncia, la criada, ofreciendo dinero a su hijo para gastarlo con una prostituta porque «los hombres necesitan estas cosas» y todo el pueblo queriendo matar, ante la despavorida mirada de Adela, a una mujer que ha tenido un hijo ilegítimo y lo ha abandonado. Les conté que esa forma de ver la masculinidad y la feminidad era normal hasta tiempos de mis abuelas, que lo sigue siendo en algunas familias de diferentes culturas y que no hemos llegado de la nada a la situación actual.
En medio de este panorama llegó la hora de tutoría. Y, mientras los pocos que ocupábamos el aula cantábamos y bailábamos, vinieron a buscarnos desde otra clase: al final del pasillo había una reunión de los pocos alumnos de cuarto que habían asistido para debatir algunas cuestiones referentes al ocho de marzo. Después de algunas dinámicas para motivar el diálogo, se solicitó que escribiesen de forma anónima una frase en relación con el tema. Me encantaron algunas reflexiones tanto de niñas como de niños -quiero dejar claro que no todo fue negativo-, pero leemos anonadadas aportaciones como «Es necesario el 8M, pero se le da mucho bombo» y alguna referente a que son más los hombres asesinados. También hay quien se pregunta por qué se celebra en esa fecha -dato que conozco desde que mi madre me lo explicó con nueve o diez años-. Y, como tantas otras veces, me pregunto qué estamos haciendo mal y me siento responsable de parte del problema.
No puedo más que recordarme a mí misma por qué quiero contar lo que estoy contando y lanzarme a la escritura de una escena que, aunque no encaje estructuralmente en la parte a la que me dedico, sí siento la necesidad de crear y guardar después de semejantes apreciaciones.
Feliz 8 de marzo a todos: la igualdad no es beneficio de una sola parte.
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