Desde que mi padre me llevó, con ocho años, a la biblioteca Eugenio Frutos de Guareña —la localidad donde nací y crecí—, descubrí en los libros un refugio y una aventura: el lugar perfecto donde entretenerme cuando la realidad se volvía monótona y donde esconderme cuando necesitaba escapar.
A fuerza de leer, empecé también a escribir, y aquella afición acabó convirtiéndose en mi profesión.
Hoy, como docente y escritora, busco entre la literatura y la lengua entender lo que somos y cómo nos contamos.
En La imagen del laberinto exploré la memoria, el amor y la pérdida; en este espacio sigo escribiendo, enseñando y preguntándome.