Llorando en Ceuta como en Gaza

Yo miro a los niños que veo en la tele, tanto los de Gaza como los de Ceuta y, después, miro al mío y solo encuentro una diferencia más allá del amor incondicional por el que tengo en casa: tanto él como yo hemos tenido la suerte de nacer en el país, el momento y la familia adecuados.

Antes de ir al grano, quiero dejar claro que mi intención es escribir esta entrada desde el respeto y dejar a un lado la rabia que me carcome por dentro. 

Hace veintidós años, el poeta y cantautor Marwan escribía «Estoy llorando en Madrid como en Bagdad». Hoy muchos lamentamos estar llorando en Ceuta como en Gaza. Y los promotores son los mismos.

Desde que comenzó el genocidio, no he dejado de preguntarme qué conduce a la gente de a pie, con el estómago lleno, a boicotear la ayuda hacia individuos débiles que no tienen nada. El argumento del peligroso enemigo de su patria no me sirve; ¿si no tienen ni pan que llevarse a la boca, van a tener algo con lo que atacarte a ti? 

Hoy me encuentro en las primeras noticias de la mañana a unos energúmenos cometiendo esa salvajada que, con la historia que cargamos a la espalda, nunca imaginé que ocurriera en mi país. Y ondeando, cómo no, banderas de esas que se supone que deben representarnos a todos. De esas con las que no me identifico,  no porque sea una enemiga de España, sino porque es uno de los símbolos de los que se han apropiado. Como el concepto de «libertad». O el de «la España que madruga».

Cuando los he visto no he podido evitar plantearme un par de cuestiones: «¿Pero no son estos los de los concebidos no nacidos?», «¿No son los que en nombre de Dios niegan el derecho que tiene una persona a morir dignamente?». Entiendo que su dios nos ha creado a unos sí y a otros no y el derecho a la vida es solo para los suyos.  

Hablan de invasión, de que son un peligro porque vienen a quitarnos los mediocres trabajos que no queremos ningún pijiguay occidental y de que viven de paguitas —ya me dirán cuáles, porque yo solo los veo hartos de trabajar en condiciones lamentables—. 

Como sabéis, lo acabo relacionando todo con la educación pública, pero es que está directamente conectado: 

El otro día, en los comentarios de una noticia sobre la inminente huelga de profesores, respondí a un «señor» que se lamentaba de lo mucho que costaban nuestras huelgas a la clase trabajadora. Le expliqué que no cobramos un céntimo esos días. Él aprovechó para llamarnos a todos los docentes «perros que adoctrináis a los niños; y hacéis apología política zurda». ¿Qué tiene esto que ver con el tema? Pues que mucha gente nos acusa de eso por educar en la paz y la igualdad entre otros valores. Cuando yo era pequeña, allá por la edad de piedra, inculcar esos valores era el deber que se le presuponía al docente. Supongo que todos recordamos el típico día de la paz. En mi cole nos llevaban a la plaza. Ahora nos pueden llegar a acusar por eso de feminazis zurdos que hacemos apología de la homosexualidad. Y lo peor de todo es que es la clase trabajadora, que se jacta de un «Soy pobre y facha. Y a mucha honra». 

Yo miro a los niños que veo en la tele, tanto los de Gaza como los de Ceuta y, después, miro al mío y solo encuentro una diferencia más allá del amor incondicional por el que tengo en casa: tanto él como yo hemos tenido la suerte de nacer en el país, el momento y la familia adecuados. Ellos son exactamente iguales, con sus sueños y sus inquietudes, pero sin esa suerte innata.

Ahora sigue ondeando tu banderita, pero no olvides que tu situación no es fruto del mérito.


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